lunes, 30 de enero de 2017

Globalización, patriotismos, soberanías

Globalización y nuevos patriotismos

Desde los finales del siglo XX, la globalización capitalista impuso una nueva geografía del poder. La toma de decisiones políticas por los gobiernos nacionales se convirtió en un proceso cada vez más dependiente de los mercados financieros y los organismos internacionales conectados con ellos. Actualmente, el estado nacional funciona en buena parte en una extensión del mundo de las finanzas. En las épocas anteriores, los gobiernos tenían que defenderse ante las frecuentes acusaciones provenientes de la izquierda de que no hacían otra cosa que obedecer a las necesidades del capital. Hoy en día, ni consideran necesario responder a esta polémica. Obedecer a los mercados, el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional parece la cosa más normal del mundo. Los gobiernos exhiben su obediencia como signo de seriedad y gestión coherente.

Se puede decir que vivimos en una condición poscolonial: Los estados del tercer mundo aunque independientes, se atraviesan por los flujos del Imperio – flujos de capital, de personas, de informaciones y conocimientos- del Imperio. Mientras el régimen poscolonial expande e intensifica la presencia de las metrópolis a todos los rincones del mundo con la colaboración de élites locales y aprovechando conflictos sectarios e étnicos, el tercer mundo se muda al interior del primero: las metrópolis occidentales están llenas de las figuras del homo sacer que comentaba G. Agamben: personas que casi no cuentan como personas, y cuya muerte será, como mucho, una cifra estadística. Los/Las homo-sacer en el interior del occidente son inmigrantes, y también nativos: las/os desempleadas/os de larga duración, las/los sin techo, los/las enfermos/as sin recursos se aproroximan a los/as subalternos/as -como diría Gayatri Spivak-  que han emigrado desde el extranjero.

Esto es un escenario caótico: En el Occidente, las clases medias se sienten amenazadas y golpeadas, no obstante son las clases trabajadoras las que cuentan  más bajas: altas cifras de desempleadas/os, deprimidas/os, gente sin futuro. La descomposición del tejido social que  existía se experimenta como un hecho traumático: la sociedad suena escenario de un naufragio en el que la gente actúa según el lema “sálvense quien pueda”. Las garantías y los sostenes colectivos desaparecen y los sujetos tienen que luchar constantemente para no perderse en una condición esquizofrénica en la que el éxito y el fracaso están más cerca que nunca, la competición es incesante y todo se convierte en mercancía, donde se venden y compran hasta sonrisas y abrazos, escuchas y palabras, vidas y muertes.

Evidentemente en esta realidad emergen muchos relatos que pueden dar sentido y orientar la experiencia personal: uno de ellos es la vuelta al territorio, la vuelta a la comunidad de la nación.  Después de unas décadas de globalización vuelve el recuerdo de la familia y la historia nacionales, del orgullo patriota como remedio a la soledad y el desarraigo que impone la globalización poscolonial. Nos explicamos: En las metrópolis hay un creciente mestizaje de estilos, personas, hábitos, idiomas y también un empeoramiento de las condiciones de vida de la población. Los dos fenómenos están correlacionados:pero correlación no implica causalidad. La presencia de más estilos de vida y la creciente miseria son dos aspectos muy significativos de nuestra condición histórica actual pero es absurdo pensar que el primero es causa del segundo. No obstante, eso es lo que vende la extrema derecha y los neo-patriotismos emergentes. Según ellos, la raíz de nuestros problemas es que hay demasiada “libertad”, una libertad que las minorías aprovechan y conduce al desgaste de recursos materiales limitados. Los neoconservadores patriotas dicen que la nación se ha contaminado y que hay que protegerla. Aunque sus explicaciones son sinsentido, sus propuestas no son irracionales -son bárbaras, pero no irracionales: con un poco de limpieza étnica-fascista menos personas (las de la nación y de su tradición) se quedarán -quizás, en una primera fase- con más recursos: El proyecto racista y fascista no ha sido nunca nada diferente. Sin embargo, lo que olvidan sus seguidores es que los beneficios de una posible unidad y depuración nacional no son nada asegurados a largo plazo, porque las tensiones inter-estatales que pueden surgir como consecuencia conducirán a espirales de destrucción mutua. En todo caso, los neopatriotas defienden la re-territorialización, el corte o la reducción de los flujos transnacionales, a favor de una unidad nacional entre opresores y oprimidas/os, y también a favor una mayor subvaloración del “otro”. La primera víctima de este proceso es la figura de la persona trabajadora multinacional-las/los inmigrantes. El neopatriotismo se opone a la mercantilización desterritorializada a favor de un mercado capitalista -de una explotación- controlada por el Estado nacional. Propaga que el problema viene desde fuera, de los flujos que rompen las fronteras y por eso propone que el estado proteja sus súbditos y ejerza su violencia (económica o militar) a los “otros”.  No se opone a la barbarie, sino que la organiza según un sistema de grados, en el que los naturales ocupan escalones más altos que los extranjeros.

 La verdad es que lo que pasa ahora no es ningún accidente histórico, ninguna alteración del orden capitalista -y nos referimos tanto a la colonización globalizada de la vida como a la vuelta al territorio. La que pasa ahora está inscrito en el ADN de la dictadura de la economía. Si la vida debe convertirse en una compraventa generalizada, los lazos no-capitalistas -la familia, la tradición, la nación – o deben mercantilizarse o perderse. El mercado es un dispositivo que sobrevive a medida que se expande y la expansión puede ser a nuevos territorios o a nuevas áreas de la vida cotidiana que hasta ahora escapaban de la lógica del mercado. De esta manera, miles de personas se ven arrojados a unos escenarios en los que si no pueden vender y venderse -tal como dijimos antes- no cuentan como personas. El canibalismo se generaliza bajo las consignas de la meritocracia y la desigualdad extrema se naturaliza. Una tremenda operación de desolidaridación social está en curso desde hace tiempo. Ante esta situación, la nación y la patria parecen los únicos referentes colectivos que pueden funcionar como refugios compatibles con el individualismo imperante, puesto que no contradicen la jerarquía y las discriminaciones sociales. Otros referentes comun(al)istas, igualitaristas, democráticos-radicales requieren una mutación ética, un cambio profundo en las conciencias. La nación no requiere ningún cambio de este tipo. Exige sólo empezar a aplicar una presunta superioridad  no a los otros de manera indiferenciada  -por ejemplo- sino  tener como primeros blancos de esta superioridad a los subalternos  que vienen desde fuera.

Donald Trump, por ejemplo, es el momento de este delirio ordinario , de esta vuelta, que muestra al mismo tiempo que una crisis de la lógica de la globalización y la nueva emergencia de la patria, como dispositivo  de autoprotección colectiva. Hay gente que, agotada por el cosmopolitismo de un orden construido a favor de una clase media-alta dinámica, poliglota y cosmopolita,  teme el tener que compartir su espacio real o imaginario con miles de inmigrantes y extranjeros pobres , y busca a los  muros lo que no les ofrecieron promesas de las fronteras-abiertas-del-capital. La victoria de Trump es básicamente la victoria de un Kim Jong-un a gran escala. Se puede ver como locura pura, pero ya que tanta gente le apoya puede ser la emergencia de una nueva mentalidad imperante. Repetimos: Los neopatriotas necesitan proyectar a un enemisto que viene desde fuera la experiencia traumatica de polvorización social que impone el tardocapitalismo actual.

Se trata de un movimiento generalizado con características variadas. Aparte de Trump, hay el Brexit, la protesta de las clases medias-bajas inglesas golpeadas de la crisis. Hay la subida de los fascistas y de la extrema derecha en Francia y otros países europeos. Y también hay vueltas al territorio bajo consignas izquierdistas o “progresistas”.

Las soberanías de la izquierda.

Grecia es uno de estos casos. Se mostró allí que el dilema es bien la continuación de los expolios “dentro” del UE, dentro de las reglas del mercado y las instituciones interestatales que son sus aliados o bien la continuación de los expolios “fuera” de la UE....Nos explicamos: el “fuera” de la UE no sería el fin o la reducción de los expolios. Un país está siempre sometido a la globalización poscolonial, incluso si decide aislarse, o intentar hacer otras alianzas. La moneda y la economía nacional participan siempre, de una o otra manera en las transacciones económicas internacionales y la vida siempre está sometida a la dictadura de la economía, sea mayor o menor el grado de proteccionismo y la envoltura nacional. En Grecia se mostró que la ineficacia del “nosotros” nacional y ella no era accidental sino estructural: No fracasaron las gestiones políticas concretas del gobierno Griego en oponerse al ensamblaje político-económico “neoliberal” internacional. Pasó algo más profundo: Fracasó la idea de que puedes tener un gobierno que puede oponerse con buenos resultados al capitalismo financiero, la idea de que algún tipo de patria puede trazar una ruta de Independencia dentro del Imperio.

 No existe independencia, es decir, soberanía en términos nacionales. Desde luego que se puede defender la patria pero otra cosa es si eso es defender los intereses de las personas oprimidas. La idea de una regulación económica nacional a favor de los intereses sociales, obvia el poder de las imposiciones políticas-técnicas que se ejercen de facto en las cuentas del Estado, de cualquier Estado. Un orgullo momentáneo y una bandera la puedes tener, en eso estamos de acuerdo. Pero poco mas. En este sentido la oposición al Imperio no pasa por invertir el proceso de desterritorialización sino sabotearlo en sus mismas rutas, promoviendo una resistencia mas allá de las fronteras, mediante la circulación y la comunicación de las demandas y las luchas, siempre desde abajo, no porque esto es coherente con alguna fijación ideológica sino porque no hay gobierno nacional que pueda oponerse realmente al régimen poscolonial.

Estos planteamientos  tienen implicaciones obvias para el caso Catalán. Evidentemente, la España franquista provoca mucho asco, y su unidad nacional es mas que repugnante. El tema es si el proyecto Catalán puede tener contenido emancipatorio. Tal como se ha explicado anteriormente , no hay nación ni gobierno nacional que pueda tener este contenido. La idea de una libertad que sea nacional y a la vez social emergió en la fase histórica del imperialismo “clásico”, cuando se creía que la liberación nacional puede ser la primera fase de la liberación social. Como imaginario de resistencia y de revuelta esta idea funcionó. Sin embargo, no funcionó como proyecto de organización social igualitaria . Nuevas élites emergieron después de aquellas luchas, y en todos los casos condujeron la nación a un nuevo encaje al orden capitalista internacional, llegando al punto de buscar el “desarrollo” capitalista que exhibía el Occidente. No es cuestión de traición, o de malas gestiones. Es la misma estructura de las relaciones de dominación actuales que hace imposible una respuesta en términos nacionales.

Pero si esto fuera todo, tendríamos la repetición de la clásicas falacias patriotas-socialistas. En Cataluña pasa algo mas: Es una sociedad abierta, con una increíble mezcla de estilos, culturas, personas. Catalaluña es una sociedad que se caracteriza por una fuerte tendencia a la hibridación cultural y social. En este marco la defensa de la cultura propia como si fuera cultura sólo “catalana” opera -y eso a pesar de las buenas intenciones- para parar o invertir este proceso de hibrización, de mestizaje. La oposición a la España franquista ofrece legitimada histórica a este proyecto. Pero su utilidad política desde punto de vista emancipador es muy cuestionable. La unidad ínter-clasista y la transversalidad política que se ha creado alrededor de la Independencia Catalana muestra lo poco que puede servir para la política de la liberación: todas y todas nos acordamos la ola de ataques verbales sexistas y ultra-derechistas contra la CUP en el proceso de la (no) investidura de Mas como presidente -y eso muestra cómo va a acabar toda esta historia. Sabemos que la desintegración de España en diferentes estados nacionales provoca pavor  a los fascistas españoles -y este pavor nos alegra-, pero al final los que van a pagar la cuenta por la creación de un nuevo estado no serán ellos: serán las clases trabajadoras, los explotados y las explotadas de Cataluña, y sobretodo la figura del/de la trabajador/a multinacional que va a ser mas presionada por las exigencias de “adaptación” a  las nuevas regulaciones  legislativas, sociales, nacionales, económicas, y a la imposición de la “cultura catalana”, que se elevara en parte orgánico de la ideología del nuevo estado. Siempre los pobres han pagado la factura de la Patria en el mundo capitalista. Cual es el argumento para que no pase lo mismo en el camino del “procés”?

 Y no es por causalidad de que la mayoría de los extranjeros  y los inmigrantes que viven en Cataluña ven esta la Independencia con mucha precaución. Quizás los dirán que algo no entienden, que no entienden el problema. Es verdad. Pero ¿porqué deberían aceptar algo que está mas allá de sus intereses ? Porqué el/la plebeyo/a multinacional debe integrarse en la especificidad cultural catalana, puesto que no va a ganar nada -ya la CUP votó los presupuestos de los recortes y la austeridad mostrando que los intereses de la nación es el cementerio de los intereses sociales o de clase.  ¿Porqué debe priorizar aquella concepción de la cultura que será la materia prima del nuevo estado y que obvia todas las otras culturas  del mestizaje sociocultural de Cataluña? La existencia de un servicio de normalización cultural – bajo el lema “normalización lingüística”- muestra que la nueva ideología nacional hará lo que suelen hacer todas las ideologías nacionales: homogeneizar, es decir, oprimir. La existencia de movimientos contra el “bilinguismo” o la pintada independentista que se ve en los muros de las universidades a favor de una universidad “popular i catalana”no puede dejar dudas: esta patria-estado será como todas,  un aparato de exclusión y subvaloración de los/las nómadas y los/las  apátridas.

La cultura, la cultura, la cultura. Todo monumento de cultura nacional, es un monumento de barbarie escribía Walter Bensamin. Toda narrativa que llega hasta nosotros como historia nacional,  es el relato de los dominadores.  Sin lugar de duda, hay que destituir la Monarquía parlamentaria española pero no para sustituirla con otras banderas   que aprovechan el descontento y el deseo de cambio para legitimar una re-ordenación nacional  de la explotación y de la miseria. Las oprimidas y los oprimidos no necesitan otra nación, necesitan abrir las fronteras nacionales y revelar que el antagonismo es interno en cada sociedad y que también traspasa las fronteras. Luchar contra todas las élites, sean españolas, catalanas o a-nacionales, es la única vía para  promover una oposición pragmática i eficaz al Imperio.

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