domingo, 12 de abril de 2015

Comentarios sobre el canibalismo generalizado de nuestros días...



La crisis actual se analiza siguiendo sus parámetros económicos y macro-sociales pero poca atención se presta a sus manifestaciones micro-sociales e inter-personales. No debería ser así. Una de las consecuencias quizás más devastadoras de ella, más allá del paro, las dificultades en la supervivencia cotidiana o la exclusión social  ha sido un intenso proceso  de canibalismo generalizado y desolidarización social. Evidentemente,  no queremos decir que antes las sociedades capitalistas  se caracterizaban por el apoyo mutuo. No obstante, había unos  recursos materiales-económicos  que permitían cierta cohesión social y que este canibalismo se quedara en estado latente. El menosprecio de los acomodados se dirigía a los que manchaban el escaparate del bienestar –a los inmigrantes, los socialmente excluidos, los sin techo– y por tanto no se difundía hacía cualquier dirección. La idea dominante de la era antes de la crísis era que en esta vida hay suficientes oportunidades, quizás no para cumplir sueños pero sí para tirar adelante. La individualización dominaba, no obstante había “pan y espectáculo” para la mayoría, así que  esta individualización no amenazaba seriamente la convivencia. Una convivencia  qu bastante hipócrita pero  más o menos   funcional.

 Cornelius Castoriadis  comenta que cada organización social está estrechamente ligada con un determinado tipo antropológico, es decir, un tipo de persona que incorpora las significaciones imaginarias que regulan la vida y los deseos de la gente.  El tiempo como dinero, la competición entre individuos, la idea de acumular-consumir-dominar son algunas de las significaciones impaginarias sociales imperantes del capitalismo , un conjunto de discursos que son la base de las conductas y del pensamiento  individual y colectivo. El ciudadano normal y corriente da por sentadas estas significaciones y las reproduce en su práctica cotidiana: estudia para terminar la universidad o otra formació  si es posible con buenas notas, busca trabajos donde quiere demostrar que él tiene los meritos necesarios, o hace las compras que funcionan como símbolos de un determinado estilo o prestigio social. Intenta materializar   los imaginarios fundamentales de la civilización occidental creando  desde el propio Yo una marca.

La crisis actual ha afectado este tipo antropológico, conduciendo  no a su cuestionamiento sino a su radicalización. Ahora no son unas minorías de desfavorecidos que reciben el menosprecío de una mayoría relativamente canónica, ahora la guerra es de todos contra todos.  La crítica narcisista y la exaltación -desesperada- de las habilidades personales es el modus videndi por excelencia de nuestra cotidianidad. Pensemos que  mantener la vida sobre los carriles de la competición y del  progreso personal exige ahora más esfuerzo y incluso así el resultado es dudoso. Sólo tener y mantener un trabajo, requiere una considerable cantidad de energía y capacidad de superar todo tipo de pruebas. En consecuencia, la competición con  el otro, que ha sido un valor bien establecido en todas las sociedades modernas, ahora se vuelve feroz.

Si el otro tiene éxito  mientras yo no tengo,  es que este otro ha usurpado mi lugar, un lugar que debería ser mío. Si el otro no ha tenido el éxito que yo tengo o es que no lo ha intentado lo suficiente, no lo ha trabajado, no lo merece.

 Dicho de otra manera, el tipo antropológico de la situación actual es el del  individualista combativo. El individualista combativo  suele emitir juicios de  amargura y enfado al otro.  Es un criticón.  La crisis ha provocado una producción masiva de pequeños jueces.

El gesto se ha vuelto normal, normalísimo. Ya que esta crisis no afecta a todos igual, la caída de algunos (a nivel laboral, social, personal) se evalúa como una cuestión de culpa personal: culpa de la persona afectada, -o de "mala suerte".  Los caídos de la crísis, cuando no se interiorizan este sentimiento de culpa, suelen  buscar un "hijo de puta", que es responsable de sus padeceres -lo que no se plantea en este tipo de juicios  es la cuestión de una estructura más alla de las personas, que produce divisiones y jerarquías. En otras palabras,  domina la mentalidad del juez, que no se interesa por el los condicionantes sociales e históricos , sino que hace una evaluación rápida de los hechos supuestamente objetivos y los méritos personales -para condenar o absolver. Vivimos una proliferación de esta lógica en nuestras interacciones cotidianas. Un ambiente de acusaciónes, de comparaciones inter-personales,  de luchas moleculares para demostrar que  eres mejor de alguien que es como tú... Una jungla social.

Algunos estudiosos del campo de psicología social hablaron del “error fundamental de atribución”. Es la tendencia de explicar las conductas de la gente mediante atributos personales y no variables situacionales. Según ella, se sobredimensionan las predisposiciones internas pero se da poco peso a los factores estructurales externos. Los investigadores sociales dicen que la cultura occidental es un espacio idóneo para cometer este error. Quizas este error es el cimento del individualismo. Hoy en día, el “error fundamental de atribución” se considera la manera correcta de ver las cosas.

Lo que vemos en la idea de que el otro  merece su fracaso -o no merece su éxito, que al fondo es lo mísmo- es que este otro, al fondo, se considera un rival, una amenaza, aunque no sea una rivalidad declarada. Considerar el otro como un rival permite organizar la percepción de una realidad social cada vez mas compleja. Permite tener las cosas claras - la claridad del individualismo. Permite tener acceso a un determinado tipo de goce,  -goce “más allá del principio de placer” dirían quizás algunos freudianos- que se funda en  la busqueda de comparaciones interpersonales,  de pequeñas victorias sobre el prójimo, y de buenas clasificaciones en la jerarquía social. A través de este góce,  se puede asimilar  la angustia  de una  vida incierta.  La comprensión de este mundo requieriría críticas no a los otros como individuos  sino a los modos y a las culturas de su funcionamiento sistémico .  Spinoza decía que nuestra tarea  debería ser “no odiar sino comprender”. No odiar a las personas, sino comprender su época. Pero odiar al rival, hace la supervivencia en la jungla social mas facil. O por lo menos así se cree.

Nos atrevemos a decir  que en los primeros años de crisis, quizás hasta el 2012, en las luchas y las revueltas colectivas y sociales, desde las acampadas en las plazas de ciudades en el estado español hasta las revueltas en las calles de Grecia,  se mantenía cierto espíritu de análisis político y de perspectiva colectiva  ante la desarticulación social que estaba en curso por las políticas de totalitarismo neoliberal. Evidentemente el “error fundamental de atribución”  no había desaparecido pero los lazos de comunicación y solidaridad que se creían en el interior de estas luchas lo mitigaban hasta cierto punto. Luego, ante el fracaso de conseguir alguna victoria tangible, vino una especie de depresión difusa y  colectiva –que también tenía sus manifestaciones individuales y clínicas–­. Las manifestaciones, las acampadas, las asambleas se redujeron y en cada esquina de la vida social se desataron  de nuevo y con  crueldad  carreras  infinitas de supervivencia, donde el premio dudoso era una  salvación miserable y precaria. Todos contra todos. Para constatar la presencia  de  desolidarización radical no busquemos sólo signos de violencia  o las leyes estatales que la promueven y la legitiman. Miremos los comentarios que circulan en los bares entre amigos o  en las relaciones de compañeros de casa.

En otros términos, las conductas territoriales son la regla. “Conducta territorial”, según las definiciones clásicas, es aquel patrón de conducta asociado con la posesión o ocupación por parte de un individuo o un grupo que implica la personalización y la defensa contra invasiones. A medida que la posesión de este espacio se hace dudosa, la intolerancia aumenta. La defensa de la propiedad se radicaliza cuando esta propiedad se vuelve menos segura. Mi casa, mi trabajo, mi tranquilidad, mi familia. El deseo de vivir una vida canónica puede conducir a comportarse sin escrúpulos.

¿Hay alternativa a esta situación? Desde luego. Pero quizás antes de defender las células de solidaridad social que existen, tenemos que tomar conciencia del proceso de desolidarización, que progresa y se infiltra en nuestras interacciones de manera sutil y inesperada como una enfermedad que avanza casi silenciosamente provocando sólo un malestar difuso y se diagnostica cuando ya poco se puede hacer. Hay que tomar conciencia de la ceguera que nos envuelve poco a poco para conseguir atravesarla y podernos encontrar de nuevo.
 

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