domingo, 3 de abril de 2011

Más allá del lenguaje dominante

La idea que subyace detrás del discurso psicopatológico es que el hombre es una máquina, que se puede estropear y necesitar una intervención eficaz para volver a la normalidad. Una línea más o menos clara separa lo normal de lo patológico, desde esta perspectiva. No obstante, hay una alternativa teórica: en la trayectoria de sus vidas, la personas sufren crisis que pueden ser graves. Estas crisis son episodios que se pueden superar, no mediante una vuelta a la normalidad, ya que en la vida no hay regresos al pasado, sino mediante el paso en una fase más avanzada, de auto-conciencia. Según esta lógica, lo "patológico" es una fase en el desarrollo de lo "normal". La dualidad normal-patológico desaparece.
Estas diferencias en la concepción del sufrimiento humano tienen consecuencias importantes. Una cultura que ve en el sufrimiento una distorsión clasificante, puede establecer un contacto limitado con las personas que lo padecen. No estamos hablando sólo de las atribuciones que se hacen por parte del entorno cuando alguien manifiesta un problema. Nos referimos también a la conciencia que se desarrolla en el mismo sujeto mientras tiene una experiencia especial. Es decir, no es sólo que el entorno margine el paciente, es que el mismo paciente, por pertenecer en la sociedad en la que vive, puede desarrollar sólo una visión limitada de su experiencia. Se juzga -o consigue superar las auto-acusaciones diciendo que tiene una "enfermedad". Esta percepción, modifica la experiencia, la patologiza, la transforma en el cuadro clínico final que se manifiesta. Dicho en otras palabras, estamos convencidos de que las definiciones dominantes no son puramente descriptivas sino que son constitutivas de los trastornos mentales. La compleja interacción entre la persona que sufre una crisis y la cultura psicopatológica funciona como profecía auto-cumplida. El trastorno mental, se consolida mediante los circuitos de los tests, diagnósticos, comentarios por parte de los familiares que rumian el lenguaje de los especialistas. De esta manera, se consolida tanto, que nadie puede negar su existencia como verdad natural de sujeto.
Ervin Gofmann  nos ofreció la posibilidad de comprender los trastornos mentales y sus cuadros clínicos no como un fenómeno intrapersonal sino como un juego (siempre doloroso) de roles y rituales en la interacción entre profesionales y pacientes, entre el paciente y el entorno que supuestamente le trata. Según Gofmann, lo que manifiestan los pacientes en un hospital psiquiátrico no es resultado de su problemática sino de la estructura institucional, que canaliza esta problemática en manifestaciones concretas. El hospital provoca ciertas conductas y luego toma estas conductas como confirmación de que el sujeto está enfermo: "un estimulo que origina una defensión defensiva por parte del interno, toma esta misma defensiva como objetivo de su próximo ataque" (Gofmann, 1961). Para Gofmann no es la enfermedad mental la que provoca el ingreso, sino un conjunto de circunstancias desfavorables, lo que llama "continencias de carrera": desde el estatus socioeconómico hasta la proximidad de un hospital psiquiátrico. Por tanto, el autor se atreve a decir que "casi todas las vidas pueden contener los suficientes hechos denigrantes para justificar una solicitud de reclusión".
El ser humano es un sistema abierto continuamente conectado con su entorno. Su naturaleza es social. Su vida es resultado de todas las relaciones que ha tenido. Si en un momento se presenta confuso y perdido es que algo en esta comunicación ha fallado. Incluso durante la crisis el hombre sigue intentando decir algo a sus prójimos. Según Bateson (1984) cada palabra, cada movimiento corporal, juega un papel en el intercambio ininterrumpible entre personas: Es imposible no comunicarse. En esta línea de pensamiento Watzlawick y sus colegas (1967) sostienen que la misma noción de anormalidad se vuelve cuestionable, porque el estado del paciente no es estático, sino que varía según la situación interpersonal y según la perspectiva subjetiva del observador.
Ahora bien, imaginemos las consecuencias de no atribuir el malestar a un proceso interpersonal, social o comunicativo. Imaginemos las consecuencias de no verlo como un episodio que nos permite tirar adelante identificando los fallos en nuestra interacción, sino enfrentarlo como un trastorno de una mente individual. Imaginemos qué pasa cuando no examinamos la relación entre las relaciones sociales y el malestar individual. El resultado es que individualizamos el malestar y ubicamos sus raíces en el interior de la persona -lo que hace la psicopatología- cosa que significa que lo hacemos más persistente.
Nos atrevemos a negar la adecuación de la expresión trastornos psicológicos. Si estamos interdeterminados la confusión del esquizofrénico o la depresión del deprimido es nuestra confusión, nuestra depresión. Varios autores han hablado de la mente extensa (Broncano, 2006), es decir, consideran la mente función interpersonal y no intrapersonal: estamos continuamente conectados con nuestro entorno por lo que ninguna actividad mental depende exclusivamente del propio pensador individual. Si esto es verdad para cada actividad mental, ¿por qué no será verdad para los llamados trastornos mentales?
Recordemos a Kurt Lewin. La situación psicológica de una persona depende de todas las fuerzas que se ejercen en esta persona en un momento dado (Lewin,1951). Por "todas las fuerzas" entendemos  todos los intercambios que la persona realiza con su entorno. La idea de Lewin está plenamente aceptada por las ciencias relacionadas con lo psicológico hoy en día, sin embargo, sus consecuencias han sido limitadas. Si todas nuestras interacciones están presentes, de alguna manera, en nuestra experiencias individuales, entonces hace falta intervenir no sólo en nosotros mismos sino también en todo el "campo de fuerza" con el que estamos en contacto. Los trastornos individuales son piezas en una estructura que las sostiene y alimenta. Hacer que surja esta realidad sería atender a lo que antes hemos llamado vidas múltiplemente contextualizadas y realizar una descripción densa de la experiencia.
¿Podemos salir del callejón teórico y epistemológico del discurso dominante? Sí, pero la respuesta no se encuentra en el ámbito de la clínica, en el sentido de la actividad de los especialistas. La clínica, por el tipo de relaciones que genera, forma parte del circuito que retroalimenta la patologización y consolidación del malestar. Por el contrario, creemos que lo importante es poner más atención a las relaciones mediante las cuales se trata no sólo la vivencia del paciente sino también la vivencia del acompañante -preferimos este término al de psicólogo-. El punto de partida tiene que ser que el discurso del paciente es un discurso totalmente legítimo y que él como persona no se encuentra en ninguna posición de inferioridad en relación con el "experto". Por eso, nosotros podemos presentarles nuestros punto de vista, nuestras alternativas pero ninguna verdad. Nos parece interesante la aproximación de algunos terapeutas sistémicos que nos dan una idea de una alternativa relacional que se asemeja a lo que antes hemos definido como descripción densa: "Al concebir la terapia como una colaboración entre dos personas con experiencias y perspectivas diferentes más que como una colaboración entre un experto y sujetos que demandan ayuda, este grupo dedujo lógicamente que el terapeuta debe aceptar instalarse en un "no-saber" a fin de abrirse a las posibilidades que el saber haría peligrar. Esta posición, que permite mantenerse en un proceso de aprendizaje, privilegia la búsqueda común del terapeuta y el cliente sin implicar sin embargo, el rechazo de todo saber anterior."(Elkaïm, 1996/7)
Sin embargo querríamos ir más allá. Estos diálogos colaborativos terapéuticos tienen algunos presupuestos: por ejemplo, no pueden surgir mientras domine la lógica de los DSM. No pueden surgir mientras no se denuncie la comparación social como ideología para uso cotidiano, ideología que genera discriminaciones y exclusiones. Dicho de otro modo, reubicar el malestar significa crear discursos y prácticas terapéuticas alternativas. Significa reconstruir las redes sociales en la base de la solidaridad, comprensión y empatía. No se trata de ayudar a aquellos que manifiestan la sintomatología. Se trata de un intento de aceptación no sólo del otro que está allí fuera, sino también del otro que esta en nuestro yo. Estamos hablando de la aceptación del desviado que está en nuestro interior, este desviado que intentamos excluir y extinguir para ajustarnos al rol del sujeto potente y autorrealizado. Dialogando con los trastornos mentales desde una posición de no-saber, dialogamos con nuestras posibilidades desconocidas. Y la sociedad dialoga con la posibilidad de ser más abierta y humana.
BIBLIOGRAFÍA:
Bateson, G., Birdwhistell, R., Goffman, E., Hall, E. T. (1984) La nueva comunicación. Barcelona: Kairos.
Broncano, F.,(2006)Sujeto y subjetividad en la mente extensa, Revista de Filosofía,31(2),pp109-133
Elkaïm, M.(1996/7). Ecología de las ideas. Constructivismo, Construccionismo Social y Narraciones. ¿En los limites de la sistemica? Disponible en: http://www.redsistemica.com.ar/articulo42-1.htm
Gofmann, E. (1961). Internados : ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales. Buenos Aires: Amorrortu.

Lewin, K.(1951). La Teoria del campo en la ciencia social. Buenos Aires: Paidos
McGee, M. (2005). Self-Help. Inc. Makeover Culture in American Life. New York: Oxford University Press.
Maslow, A. (1993). The farther reaches of human nature, Nueva York: Penguin Books.

Watzlawick, P., Bavelas, J.B., Jackson, D.D., (1967). Teoría de la comunicación humana : interacciones, patologías y paradojas. Barcelona : Herder.
White, M. (1994). Guías para una terapia familiar sistémica. Barcelona: Gedisa.
White, M.(2002). El enfoque narrativo en la experiencia de los terapeutas. Barcelona: Gedisa.
 




















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